
El primer partido que recuerdo haber visto fue la final del 78 entre Holanda y Argentina. Porque tengo familia allí, por lo estilosos que eran aquellos yeyés de naranja o dios sabe por qué motivo, pero quería que ganase Holanda. Recuerdo que en casa me explicaron lo que era una prórroga y recuerdo a Kempes marcando entre el delirio y todo ese confeti.
Tras las dos finales de la Naranja mecánica, Johan Cruyff ficha por el Barça. Donde primero como jugador, pero sobre todo en los 90 como técnico, marca un antes y un después. Con él llegan los títulos, la primera Copa de Europa, más holandeses, más títulos europeos y Guardiola, cruyffista por excelencia y quintaesencia del inconfundible estilo de la Masía, dónde se han formado la mitad de los titulares de la actual selección.
Tras años y años de y en cuartos a casa, pocos confiábamos en la selección, hasta la Eurocopa de 2008. Eliminamos a Italia en los penaltis, y recuerdo mi particular salida del armario al respecto, ante la pantalla gigante en la Puerta de Brandenburgo, en una semifinal en la que no daba crédito a mis ojos y en la que España elimina a Rusia, verdugo precisamente de Holanda, la hasta entonces sensación de la Eurocopa.
Desde su irrupción en las finales de los 70, Holanda había sido muy generosa con el fútbol, y todos éramos un poco (bastante) irresistiblemente de Holanda. 32 años después y en otra invernal final en el hemisferio sur y en manga larga, el fútbol hace justicia y salda su cuenta pendiente con ese fútbol, en el primer torneo en que Holanda no es Holanda, y en el que precisamente España fue Holanda.
El País