En su día existía el veraneo; ese mes en la costa, camping o en el pueblo durante el cual los niños y no tan niños se asilvestraban y dónde realmente desconectabamos de lo que era nuestra vida el resto del año. El teléfono era fijo y durante nuestra ausencia se llamaba esporádicamente a casa para decir “hemos llegado” o “estamos bien”. No es muy frecuente hoy día disfrutar de más de dos semanas seguidas de vacaciones y raro es el que durante este periodo de tiempo no “se conecta”, es decir interrumpe la supuesta desconexión que se presupone. Las telecomunicaciones nos permiten “liberarnos” de nuestro puesto de trabajo o responsabilidad durante estos periodos, permitiéndonos llevárnoslo con nosotros allá dónde vayamos.
A pesar de que muchos disfrutamos de nuestras vacaciones de modo fragmentado (“me cojo un par de semanitas ahora, etc…”) cada año hacia finales de agosto y para contrarrestar alguna ansiedad y la apocalítica llegada de septiembre, empiezan ya a asomar los primeros anuncios de fascículos y absurdos coleccionables. Peor ya que la llamada depresión post-vacacional, son a partir del 1 de septiembre los medios hablando de ella, igual que cuando abordan cualquier otro tópico estacional, la cuesta de enero por ejemplo, aunque la verdadera cuesta del año es esta; empiezan las clases, las dietas, los cursos de inglés, el gimnasio y ¡empieza la Liga!
Como si de cumplir con algún rigor se tratara, el 1 de septiembre de 1939, las tropas del Tercer Reich comenzaban la invasión de Polonia, poniendo en marcha esa máquina de guerra conocida como Blitzkrieg, que en pocos meses devoraría buena parte de Europa, desencadenando un conflicto que acabaría exteniendose a los cinco continentes.
El peor día del siglo XX
ElPais.com (30/08/2009)
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Germans_at_Polish_Border_%281939-09-01%29.jpg
En verano de 1969 Neil Amstrong pisaba la luna y pronunciaba la célebre frase de …un pequeño paso para un hombre un salto gigante para la humanidad. Lejos quedan la Guerra Fría, sus hitos y lejos quedan aquellos viajes tripulados a nuestro satelite y un poco menos lejos, pero poco, quedan los planes de volver.
En pocos meses supe lo nefasta que fue mi inicial elección y, por varios motivos, fue toda una suerte el poder ir a vivir al Bugalow, así llama su propietario a la casa de Olano. A sus, en el futuro compradores, les diría que una reformita o algo más no le vendría mal, pero a juzgar por las opiniones de las más diversas visitas, la casa está muy bien, y eso incluye la opinión de una madre donostiarra. Del barrio poco nuevo se puede contar; aceras llenas de mierdas de perro, transito en las calles que cansa y aburre a partes iguales,… pero la casa está muy bien. Si fuesemos creyentes de la llamada lucha contra el cambio climático, nos sabríamos felices de la cantidad de energía que se ahorra; ahora en invierno el poco sol que se ve se traduce en calor, en verano no hay que dar la luz nada más que de noche. Después de un otoño lluvioso como el que hemos tenido, se agradecen estos días anticiclónicos. El domingo por la mañana, por ejemplo, cuando nos levantamos nos dijimos: ¡cuanto sol hace!, !cuanto solazo!