
Soy bastante fan de cuando George Clooney coincide con los hermanos Cohen, aunque ni este es Cary Grant, ni los Cohen Alfred Hitchcock.
En North by Northwest (1959), pieza dirigida por el maestro de la técnica cinematográfica por excelencia, tenemos a un gran Cary Grant, a una guapísima Eva Marie Saint como la chica y rubia de la película, unos fabulosos años 50, esos diálogos, un derroche de clase y estilosidad, la escena del avión, esas escenas de noche americana, con una trama desarrollada durante la Guerra Fría y por supuesto no falta una maravillosa, romántica y bonita historia de amor.
Algo más de dos horas de película, que hemos visto más de una vez, de la que conocemos muchos detalles y por supuesto el desenlace, pero que cómo les gusta hacer a los niños, podemos ver y disfrutar una y otra vez. Como acostumbra en sus películas, una vez más Hitchcock se dedica a hacer lo que, cuando y como le da la santísima gana, culminando con una impagable escena en el Mount Rushmore, motivo por el cual le odio. Tanto el monumento como la escena son cosas que, obviamente, no existían hasta que alguien las hizo y ante las que uno no puede más que descubrirse.
No es mi favorita de Hitchcock, pero resulta ideal para verla, como ha sido el caso, el día del cumpleaños de Sir Anthony Worldgate… o cualquiera de los otros 364 días del año.


In Search of a Midnight Kiss empieza con una voz en off, escenas de una ciudad y en blanco y negro, pero ni la ciudad es Manhattan ni es de Woody Allen. Premiada en varios festivales del llamado cine independiente americano, según leemos en su sinopsis trata de: “…un joven de 29 años que acaba de pasar el peor año de su vida, es nuevo en la ciudad, no tiene ninguna cita, ningún plan concreto y tan sólo desea encerrarse a cal y canto para olvidar el pasado. Hasta que su mejor amigo, Jacob le convence para colgar un anuncio clasificado en Internet, bajo el apodo de Misántropo”, es decir nada extraordinaro sobre el papel.
En pocos meses supe lo nefasta que fue mi inicial elección y, por varios motivos, fue toda una suerte el poder ir a vivir al Bugalow, así llama su propietario a la casa de Olano. A sus, en el futuro compradores, les diría que una reformita o algo más no le vendría mal, pero a juzgar por las opiniones de las más diversas visitas, la casa está muy bien, y eso incluye la opinión de una madre donostiarra. Del barrio poco nuevo se puede contar; aceras llenas de mierdas de perro, transito en las calles que cansa y aburre a partes iguales,… pero la casa está muy bien. Si fuesemos creyentes de la llamada lucha contra el cambio climático, nos sabríamos felices de la cantidad de energía que se ahorra; ahora en invierno el poco sol que se ve se traduce en calor, en verano no hay que dar la luz nada más que de noche. Después de un otoño lluvioso como el que hemos tenido, se agradecen estos días anticiclónicos. El domingo por la mañana, por ejemplo, cuando nos levantamos nos dijimos: ¡cuanto sol hace!, !cuanto solazo!