
Las rebajas por excelencia son las de enero: recién acabadas las navidades, todavía queda por delante buena parte del invierno y hay que animarse de alguna manera. Las de verano son las otras rebajas. Aun así son rebajas y como tales tienen sus segundas rebajas, etc.
A pesar de no tener lugar en esa entelequia que conocemos como cuesta de enero y de encontrarnos en plena alegría por ser ser campeones del mundo, hay quién no descuida esta liturgia. Durante días hay en la entrada de casa bolsas y tickets de camisetas, pijamas, manteles, vajilla, etc. Estas bolsas van y vuelven: se adquiere un producto, si a los días está más barato se vuelve a comprar el mismo producto a precio más reducido y se devuelve el mismo comprado anteriormente. Donde hay comercio hay alegría y en esta fiesta del consumo, se puede comprar y devolver cuanto quieras, motivo por el cual el nivel de inversión puede llegar a ser importante. Todo ello conlleva un nivel de organización y control no apto para cualquier mente novata en el tema.
Cuando la responsable en política de rebajas lo señala, es cuando ya se puede estrenar el portarretratos o ese albornoz, por ejemplo. El porcentaje de rebaja final puede llegar a ser pero que muy sorprendente, incomprensible a veces. ¿Cómo un jersey Fred Perry puede pasar de 150€ a 30€? Todavía sigue pareciéndome más sencillo comprender la ley del fuera de juego.
